
Hemos celebrado la Pascua del Señor. Quizá con tiempo, sea bueno ver como se ha vivido en la historia de la Iglesia, primero la fijación de la fecha de Pascua, y luego el tiempo posterior, lo que hoy denominamos la octava, y el tiempo pascual propiamente dicho.
Tiempo Pascual.
La Fecha de la Fiesta de Pascua.
La primera gran cuestión que ha agitado al mundo cristiano ha sido una cuestión litúrgica: la fecha de la celebración de la Pascua. Desde el siglo I, toda la Iglesia estaba de acuerdo en celebrar el aniversario de la muerte y resurrección de Cristo, la Pascua cristiana, Pascha nostrum, que sucedió a la Pascua de los judíos; pero en cuanto a la fecha no había completa uniformidad.
Dos eran principalmente los usos en vigor, el asiático y el romano. Las comunidades del Asia Menor, así encontramos en Eusebio, remontándose a la tradición de los apóstoles Felipe y Juan, celebraban la pasión del Señor (Pascha crucifixionis) el 14 de la luna (Nisán), exactamente como la Pascua de los hebreos, cayese en el día de la semana que cayese, y en el mismo día ponían fin al ayuno. No sabemos cuándo festejaron la resurrección (Pascha resurrectionis). Las iglesias occidentales, por el contrario, apoyadas en la costumbre romana, que se hacía remontar hasta San Pedro, tenían en cuenta el 14 de Nisán para conmemorar la pasión, pero celebraban la resurrección siempre en la dominica sucesiva, y antes de este día no terminaban jamás el ayuno. De las dos fases del misterio pascual, Roma daba mayor importancia a la resurrección, las iglesias asiáticas a la pasión. Se comprende muy bien cómo de esta diversidad de usos naciesen disensiones. Aparecieron los primeros síntomas en tiempo del papa Aniceto (150). Entonces San Policarpo de Esmirna vino a Roma y trató de persuadir al papa de que el uso quartodecímano era el único admisible; pero no lo consiguió. Sin embargo, se separaron en buenas relaciones. Más tarde, hacia el 190, el papa Víctor, para cortar una polémica siempre viva y que amenazaba provocar, como la de Laodicea, serios disgustos, quiso definir la controversia. Los sínodos que por orden suya se reunieron para tal fin en las varias provincias del Imperio decidieron todos a su favor, excepto, naturalmente, el de los obispos de Asia, apoyado por la inmensa mayoría del episcopado; Víctor ya se disponía a tomar medidas enérgicas contra los asiáticos, dispuesto a separarlos de la comunión eclesiástica, cuando intervino San Ireneo de Lyón 3 muchos otros obispos, pidiendo que renunciase a una pena tan grave, la cual alcanzaba a numerosas iglesias venerables fundadas por los apóstoles; el papa Víctor probablemente consintió en no seguir adelante, pero es cierto que también los asiáticos terminaron por adoptar el uso romano.
Eliminado el uso judaizante de los cuartodecímanos la controversia pascual entró en una segunda fase. Admitido que la Pascua de Resurrección se debía celebrar en domingo, quedaba por determinar en cuál. Ahora sobre este punto surgían otras no pequeñas diferencias.
Las iglesias de la provincia de Siria, que tenían por cabeza la antioquena, aceptando el cómputo hebraico, escogían generalmente para la Pascua la dominica que seguía inmediatamente al 14 de Nisán; por lo cual sucedía muchas veces que la Pascua caía antes del equinoccio de primavera (21 de marzo). Este inconveniente se verificaba también en algunos occidentales (protopascuales). En cambio, en Alejandría y Roma, donde una tal dependencia de los hebreos debía parecer humillante, se había comenzado desde el siglo III a calcular la fecha de la Pascua con cómputos propios, independientemente del sistema judío, pero de forma que la fiesta no cayese nunca antes del equinoccio.
Pero aquí, sin embargo, surgían nuevos contrastes; porque mientras los alejandrinos, según el ciclo de diecinueve años, atribuido a Anatolio, fijaban el equinoccio el 21 de marzo, los romanos, siguiendo el ciclo de Hipólito, lo anticipaban al 18 de marzo, de donde surgían disputas y disensiones infinitas, que trascendían hasta los paganos, los cuales las hacían tema de irónicos comentarios.
A allanar estas divergencias vino en buena hora el concilio de Nicea (325). De la discusión habida y de las decisiones tomadas nos quedan en dos cartas: una de los Padres del concilio a la iglesia de Alejandría; la otra, del emperador Constantino a todos los obispos, en la cual, después de haber deplorado las disensiones acerca de una fiesta tan insigne, les exhorta a abrazar el uso seguido en Roma y Alejandría y en la gran mayoría de las iglesias, tanto orientales como occidentales. De estas cartas y de cuanto narra San Atanasio, testimonio ocular. se deduce bastante claramente cuál fue el pensamiento del concilio, es decir:
a) que la Pascua debía caer siempre en domingo;
b) que no sea celebrada nunca en el mismo día que la Pascua judía;
c) que debe fijarse la fecha en la primera dominica después del 14 de Nisán, computado no con el sistema judío, sino de forma que no pueda nunca anticiparse al equinoccio.
No se dice si el concilio aprobó el cómputo romano o el alejandrino. Cierto que éste debió tener la preferencia, porque, como atestiguan Cirilo de Alejandría y San León los Padres comisionaron al obispo de la metrópoli de Egipto el anunciar cada año la fiesta de la Pascua.
Por desgracia, los esfuerzos de los Padres nicenos no dieron prácticamente aquellos resultados que se esperaban. Las divergencias en gran parte continuaron, y ya en el 326, un año apenas después del concilio, los romanos celebraban la Pascua en día diverso de los alejandrinos. Unos y otros habían mantenido su cómputo, que, partiendo de fechas diversas, no podía llevar más que a resultados diversos.
Este estado de cosas duró poco más o menos hasta principios del siglo VI, si bien ya San León había en muchos casos corregido la supputatio romana sobre aquella más exacta de Alejandría, y Victorio de Aquitania, en torno al 457, había largamente difundido un sistema suyo, con el cual intentaba, el combinar el tipo griego con el tipo latino. Fue Dionisio el Exiguo el que en el 526 consiguió componer para uso de los latinos un cuadro pascual con el cual, teniendo como base el ciclo de diecinueve años, exactamente correspondiente al alejandrino, consiguió eliminar hasta las pequeñas diferencias que existían con el canon de Victorio.
El cómputo dionisíaco fue en seguida aceptado en Roma y en Italia, y poco después en Inglaterra y en las iglesias de la Heptarquía evangelizadas por los enviados romanos. En cambio, las de los bretones y de los irlandeses, las cuales, a pesar de celebrar la Pascua en domingo, se atenían al antiguo ciclo de ochenta años, no adoptaron el nuevo cómputo hasta el final del siglo VIH. Esta época se puede considerar, finalmente, por la que se hubiese alcanzado la unanimidad sobre la celebración de la Pascua en toda la Iglesia.
Ya que, según las reglas tradicionales expuestas, la Pascua era fijada en la dominica que sigue al plenilunio posterior al equinoccio de primavera (21 de marzo), la fecha puede oscilar entre los términos extremos del 22 de marzo, cuando el plenilunio cae en sábado, y del 25 de abril, cuando cae el 18 de abril.
En estos últimos tiempos ha hecho algo de ruido un movimiento en pro de la fijación de un día determinado para la fiesta de Pascua. La propuesta tuvo ya un principio de actuación en los siglos V-VII cuando varias iglesias especialmente de las Galias, para evitar las dificultades del cómputo, habían escogido a tal fin las fechas del 25 y del 27 de marzo, que en varios escritores antiguos (fertuliano, Hipólito, Epifanio) eran aceptadas, respectivamente, como el aniversario de la muerte y de la resurrección del Señor. El Martirologio jerosolimitano las anota, en efecto, regularmente. Sabemos por San Gregorio de Tours que en aquella ciudad se festejaba la Pascua el 27 de marzo, como fecha fija, y más tarde, en la fecha que ocurría, movible. Pero tal práctica no tuvo mucha aceptación por las protestas de los obispos. No se puede negar que un proyecto de fijar la Pascua presenta aspectos dignos de consideración aun para los efectos de la vida comercial; pero es preciso reconocer también que su realización, mientras haría desaparecer uno de los más venerados monumentos del pasado, llevaría a tales y tan grandes consecuencias en el campo litúrgico, que es de creer con fundamento que la Iglesia no debe ceder a tales innovaciones.
El Día de Pascua.
La vivacidad y el interés con los cuales la controversia pascual fue tan largamente agitada en la Iglesia, demuestra qué importancia tan capital se atribuyó a la fiesta de Pascua desde los albores del cristianismo. Su preeminencia absoluta, en comparación con otras fechas cristianas, que había sido ya para San Pablo argumento de especulaciones místicas nobilísimas, es reconocida y proclamada en todos los tiempos por los Padres con las expresiones más entusiastas: dies magnas, festivitatum festivitas, dies dierum regina, dies verus Dei, dies felicissimus. Pascua, en verdad, no es solamente la gran fecha del triunfo de Cristo, sino la de nuestro mismo triunfo, que en El, nuestra Cabeza divina, hemos alcanzado todos: Convivificavit nos in Christo... conresuscitavit et consedere fecit. Pascua, por tanto, debe justamente formar el punto culminante del ciclo eclesiástico entero, porque, entre todas, es la fiesta eminentemente de Cristo, principio y fundamento de toda nuestra vida cristiana. La antiquísima disciplina eclesiástica, en efecto, desenvolviendo un magnífico concepto simbólico del Apóstol, había hecho de Pascua el gran día del bautismo para toda la Iglesia. Mientras los catecúmenos, sumergidos en las aguas vivas de la fuente bautismal, salían limpios del pecado y renacidos a la nueva vida de la gracia, los fieles, en la periódica participación de aquel rito solemne, debían renovar incesantemente su espíritu, volviendo místicamente a la gracia de su primera infancia cristiana. La fiesta de la Pascua estaba, por tanto, íntimamente unida con la liturgia bautismal, y ni olvidando este concepto sería ya imposible entender una gran parte, y por cierto la mayor, de los ritos y de los textos de este tiempo.
La función bautismal de la noche de Pascua, al final del siglo IV, terminaba generalmente al alba, hora antelucana, dice Paulino, el biógrafo de San Ambrosio. Más tarde, disminuido el número de los bautizandos y anticipados los ritos de la vigilia nocturna a la tarde del Sábado Santo, se terminaba poco después de la media noche. In vigilia resurrectionis Domini — dice el Ordo romanas valgatus — ante mediam noctem populas non est dimivendus de ecclesia, iuxta canonum sanctiones. El resto de la noche no se concedía, sin embargo, todo al reposo. Una piadosa costumbre, que encontramos atestiguada ya desde el siglo VIII, hacía volver a la iglesia al despuntar el día, matutina irrumpente luce tenebras, para cantar con gran pompa el oficio de la vigilia de Pascua y celebrar la función de Jesús resucitado.
Los maitines de Pascua, según una costumbre antiquísima común a todas las iglesias tanto orientales como occidentales, se abría con el abrazo y beso de paz: Surgentes — dice el I OR — in ecclesiam veniunt et mutua chántate se invicern osculantes, dicant: "Deus, in adiutorium..." El oficio nocturno, que seguía inmediatamente, con motivo de la vela, muy prolongada, y del alba inminente era brevísimo: los primeros tres salmos del Salterio sin himnos de ninguna clase, según la antigua disciplina de la iglesia romana.
Pero en las iglesias fuera de Roma, antes de comenzar el oficio, tenía lugar una solemne procesión al sepulcro para recoger la cruz y la santísima eucaristía, que habían sido depositadas en él el Viernes Santo. El sacerdote, después de haber mostrado la sagrada hostia al pueblo, la llevaba con gran pompa al altar mayor, mientras el coro, en memoria de la triunfal bajada de Cristo al limbo, cantaba la antífona Cum Rex gloriae, Christus, infernum debellaturus iniraret...
Los maitines de Pascua de tres salmos eran ya en el siglo VIII el uso romano; sino que, mientras nosotros hoy repetimos constantemente en los días de la octava los tres salmos indicados, entonces, y hasta la reforma franciscana del breviario (s.XIII), eran recitados, de tres en tres, los primeros dieciocho salmos de los maitines de domingo.
Entre las lecciones eran cantados tres responsorios, que recordaban la visita de las tres piadosas mujeres al sepulcro, la búsqueda del cuerpo del Señor y el anuncio de la resurrección dado por los ángeles (Super lapidem monumenti sedebant Angelí). Estos tres episodios característicos, el primero y el último sobre todo, dieron por mucho tiempo (s.IX-X) motivo a un simple pero eficaz melodrama sacro, llamado visitatio sepulchri, ojficium sepulchri, que se desarrollaba junto al sepulcro del Jueves Santo, y que, con alguna variante de diálogo y de personajes, se hizo común en muchísimos lugares, permaneciendo en uso hasta el final del siglo XV. Después de este intermedio dramático seguían las laudes. También ésas en un principio tenían por única antífona el Allelnia; fueron provistas de las actuales antífonas históricas entre finales del siglo VII y principios del VIII.
La Semana de Pascua.
La Iglesia, inspirándose ciertamente en la antiquísima costumbre hebrea, ha prolongado la máxima fiesta cristiana durante siete días continuos: In Pascha Domini — dice una antífona del misal mozárabe — erit vobis solemnitas septem diebus, quorum dies prima venerabilis est, Alleluia! Alleluia! De esta semana pascual (hebdómada alba o in albis, *** διαχανέσφμος έδδομάς = hebd. renovationis) encontramos los primeros testimonios en la segunda mitad del siglo IV; pero es ciertamente muy anterior, porque San Agustín la llama una Ecclesiae consuetudo, tan antigua como la Cuaresma. Siendo considerada festiva como el día mismo de Pascua, el pueblo debía observar el reposo y asistir a los servicios litúrgicos que se celebraban cada día. Las leyes civiles y eclesiásticas hacían expresa mención. Valentiniano II, en efecto, en el 389 pone la quincena de Pascua al igual de los días natalicios de Roma y Bizancio: His adiicimus natalitios díes Urbium maximarum Romae et Constantinopolis... sacros quoque Paschae dies, qui septeno vel praecedunt numero vel sequuntur, in eadem observatione numeramus. Hacia el mismo tiempo, en Oriente, el canon de la Lex canónica SS. Apostolorum sancionaba: Si quis hebdomadem Resurrectionis vestem splendidam gerentis vel renovationis uno die diminuit, ñeque íotam hebdomadem colit sicut unum diem, eam celebrans simpliciter et non festive, vel laborem suscipit, partern habeat cum luda proditor e et constituatur cum ludaeis Dei ínterfectoribus. En un sentido análogo se expresaba un poco más tarde el concilio de Magon (585) en Occidente: Pascha itaque nostrum... debemus omnes festivissime, colere, et sedulae observationis sinceriiate in ómnibus veneran; ut illis sanctissimis sex diebus nullus servile opus audeat faceré, sed omnes simul coadunati hymnis paschalibus indulgentes perseverationis nostrae praesentiam quotidianis sacrificiis ostendamus, laudantes Creatorem et Regenératerem nostrum vespere mane et meridie.
En la Iglesia antigua este septenario pascual era de modo particular dirigido al perfeccionamiento de los neófitos, sea completando la instrucción religiosa con catcquesis a propósito, sea reforzando la voluntad en el bien obrar con la recepción cotidiana de la santísima eucaristía. Idcirco — decía a ellos el Crisóstomo — septem dierum spatio collectam agimus, ac spiritalem mensam vobis apponimus, divinis eloquiis instruimus et adversus diabolum armamus. Son célebres sobre este particular las catequesis mistagógicas de San Cirilo de Jerusalén dadas a los neófitos en la semana pascual del 347, y las de San Ambrosio, que nos han llegado en el De Mysteriis y De Sacramentis. Eran celebradas durante la misa verificada expresamente para ellos, pero en la cual no eran admitidos a hacer la ofrenda, como nos consta por San Ambrosio, no conociendo hasta ahora suficientemente el significado.
Si también en Roma existía en un primer tiempo una misa especial pro baptizatis, como consta que existía en Milán, en las Galias y en España, es esto muy probable. Magani conjetura que el formulario de las misas para la octava pascua! como se encuentra en el gelasiano representa para cada día la fusión de las dos antiguas misas cotidianas, una para los neófitos, la otra para los fieles. Con todo esto, el gregoriano después la ha modificado profundamente, dirigiéndola principalmente a celebrar el misterio de la Pascua.
La observancia de la semana entera pascual comenzó a decaer hacia el siglo IX, si bien muchos obispos y concilios se esforzaron por conservar la antigua disciplina. Hubo por esto diversas usanzas en los varios países. Mientras, por ejemplo, los Statuta, atribuidos a San Bonifacio (+ 754), conceden que al cuarto día los hombres puedan de nuevo comenzar a trabajar, el Decreto de Graciano (s.XII) enumera todavía en el elenco de las fiestas los siete días de Pascua. Sin embargo, de ordinario, después del siglo X, se consideraron como propiamente festivos solamente los dos primeros días de la semana después del domingo, y éstos se mantuvieron hasta el siglo XIX, cuando las exigencias de la vida moderna y el relajamiento general obligaron a suprimir también esto. Pero quedaron siempre festivos en el oficio litúrgico.
En Roma durante la semana de Pascua, desde el siglo VI, se tenía para cada día un formulario litúrgico propio, y el actual misal ha conservado hasta el presente el título de las varias estaciones, en las cuales, como en los días más solemnes, eran convocados los fieles, y particularmente los neófitos.
El tiempo Pascual. Las Rogativas.
En el uso litúrgico moderno se designa con el nombre de tiempo pascual aquel espacio de cincuenta y seis días que discurre desde la fiesta de Pascua al sábado (post nonam) de la octava de Pentecostés. En cambio, en la disciplina antigua, cuando Pentecostés no tenía todavía una octava (s.VIII), y por eso los días eran cincuenta y seis precisos, llamados Quinquagesima, Quinquag. paschalis o laetitiae, o también simplemente Pentecostés (del griego πεντεκοστή= cincuenta dνas), como en aquella célebre frase de Tertuliano: Excerpe (¡oh cristiano!) singulas solemnitatis navonum et in ordínem texe, pentecosten implere non poterunt. Un período parecido formaba va parte del año litúrgico judío, y, aunque en la tradición cristiana el tiempo pascual haya asumido un significado substancialmente diverso del antiguo, es probable que la Iglesia primitiva, si no los mismos apóstoles, como quería San Ambrosio, se hayan inspirado para instituirlo en la costumbre judía. Es cierto de todos modos que las primeras constataciones positivas son antiquísimas. La apócrifa Epistula Apostolorum (130-140) nos da la época durante la cual era esperada la parusía del Señor. Las Acta Pauli, San Ireneo, Tertuliano y Orígenes nos dicen claramente que aquel período desde su tiempo se consideraba como particularmente solemne, más aun, una fiesta continua, transcurrida en medio de la alegría más viva. Cada día se celebraba la sinaxis, resonaba el canto triunfal del Alleluia, se rezaba de pie y estaba absolutamente prohibido el ayuno. San Máximo de Turín (+ 450) resumía así los caracteres del tiempo pascual: Per tíos quinquaginta dies nobis est iugis et continuata festívitas, Ha ut hoc omni tempore ñeque ad observandum indicemus ieiunia, ñeque ad exorandum Deum genibus succedamus... Instar Dominicae, tota Quinquaginta dierum curricula celebrantur, et omnes isti dies veluti dominici deputantur... Sic enim disposuit Dominus, ut sicut eius passione in quadragesimae ieiuniis contristar emur, ita eius resurrecíione in quinquagesima laetaremur.
En efecto, el oficio del tiempo pascual está todo impregnado de un sentimiento de alegría clara y viva. La aclamación Alleluia, que es la expresión litúrgica más característica, es añadida a todos los responsorios, versículos y antífonas tanto del oficio como de la misa, y algunas veces repetida más de una vez.
En las misas del tiempo pascual, por una antigua tradición litúrgica, todas las lecturas evangélicas son sacadas del Evangelio de San Juan. Se comienza la lectura el viernes de la tercera semana de Cuaresma y se prosigue hasta toda la octava de Pentecostés, hechas muy pocas excepciones.
A asociarse de una manera particular a la alegría de la Pascua son llamados los mártires, para los cuales la Iglesia ha instituido expresamente un oficio y misa propios durante este tiempo. El motivo de esta singularidad hay que buscarlo, sin duda, en el sacrificio cruento de la vida soportado por ellos, que los ha hecho especiales imitadores de la muerte de Cristo; por lo cual es justo que, en la gloria de la resurrección, los mártires le estén más cerca que nadie. Qui toleraverunt mala propter Christum — escribe el Pseudo-Ambrosio — debent gloriam habere cum Christo... Eadem enim raizo martyres suscitat, quae et Dominum suscitavit; y lo mismo que el misterio de la muerte de Cristo es celebrado en la liturgia de distinta manera que el de la resurrección, así para los mártires, en el oficio ordinario ínfra annum, se evoca especialmente la dolorosa pasión: suffert tentationem... probatus fuerit·.. certavii usque ad mortem...; mientras durante el tiempo pascual se canta, sobre todo, su triunfo y su gloria en los cielos: lux perpetua... laetitia sempiterna... gaudium et exultationem... coronavit eos in die solemnitatis et laetitiae.
En los ordinarios medievales, las dominicas de este período reciben su denominación o del incipit del introito o bien de la perícopa evangélica que se lee en la misa. Encontramos así que la primera es llamada Quasi modo (introito); la segunda, Misericordia (introito); la tercera, De modicum (evangelio); la cuarta, Cántate (introito); la sexta (en la octava de la Ascensión), De rosa, porque, como nota el XI OR, desde lo alto de la cúpula del Panteón, donde en este día se celebraba la estación, se dejaba caer sobre el pueblo.
Es decir, las del pasaje de los evangelistas Mateo, Marcos y Lucas de los jueves de Cuaresma y del jueves de la octava de Pentecostés, que, como es conocido, fueron introducidas en el ciclo tardíamente. En estas misas se ve sistemáticamente adoptado el Evangelio de San Lucas.
Dios Forma parte de la lección atribuida en el Breviario (segunda nota T. P.) a San Ambrosio (Serm. XXII); en cambio, probablemente no es suya, sino de San Máximo de Turín.
La alegría de la Quincuagésima pascual está interrumpida por las solemnes procesiones de penitencia (rogativas), prescritas oficialmente por la Iglesia durante este tiempo; es decir, la litania maior, que tiene lugar el 25 de abril, fiesta de San Marcos, y las litaniae minores, que se celebran en los tres días precedentes a la Ascensión.
La Litania maior, así llamada desde el tiempo de San Gregorio Magno, en contraste quizá con otras menos antiguas o menos importantes, es de origen estrictamente romano, y se asemeja a las antiquísimas procesiones paganas, las ambarvalia, que se hacían a través de las zonas rurales durante la primavera para impetrar de los dioses la buena cosecha. Las ambarvalias más importantes eran las del 25 de abril. La procesión recorría la vía Flaminia — el Corso actual — y llegaba hasta la quinta milla, es decir, al puente Milyio, en un bosquecillo sagrado, donde el Flamen Quirinalis sacrificaba al dios Robigus los intestinos de un perro o de una oveja. El papa Liberio (352-366), así al menos refiere Juan Beleth, para suplantar la ceremonia pagana, tenazmente enraizada en el pueblo, pensó transformarla en rito cristiano, manteniendo durante la procesión el antiguo itinerario, pero substituyendo el sacrificio pagano por una solemne estación en San Pedro.
Puede observarse, sin embargo, que el carácter original de esta letanía no era tan penitencial como más tarde lo han hecho las rúbricas medievales y todavía lo es; admitía el Gloria in excelsis y el Alleluia en la misa y excluía el ayuno.
La Ascensión.
132. San Agustín (+ 430), afirmando que la fiesta de la Ascensio Domini in caelum es observada toto terrarum orbe, pretende hacer remontar la institución hasta los apóstoles mismos o a un decreto de sínodo general. Pero ninguna de las dos cosas parecen probables, porque ninguno de los concilios y de los escritores eclesiásticos anteriores al siglo IV muestra conocer su existencia. Los primeros testimonios seguros se encuentran en el fragmento de Eusebio sobre la fiesta de Pascua, escrito alrededor del 325, donde es llamada "día solemne," y en las Constituciones apostólicas, que le dan el nombre, común después entre los griegos, de "Ascensión del Señor." En el siglo V estaba difundida universalmente San Juan Crisóstomo, San Agustín, San Avito de Viena y San Máximo de Turín han pronunciado homilías en este día. El canon romano la conmemora en la anamnesis con el apelativo de "gloriosa." Los antiguos sacraméntanos contienen también varias misas denominadas in ascensu Domini; seis el leoniano, dos el gelasiano y una sola el gregoriano, que es la que está todavía en uso.
Quizá la sentencia de San Agustín tiene un fundamento de verdad si admitimos la hipótesis de que, en origen, la fiesta de la Ascensión estuvo combinada con la de Pentecostés, la cual había sido para los apóstoles la confirmación del cumplimiento. Esta fusión era un hecho ciertamente en Jerusalén hacia el 395, en la época del viaje de la pía peregrina Eteria. Cuenta ella que, a los cuarenta días después de la Pascua, los fieles se reúnen en la iglesia de la Natividad, en Belén, para la vigilia y la misa, durante la cual presbyteri et episcopus praedicent ¿ceníes apte diei et loco, después de lo cual cada uno vuelve a su casa. Como se ve, nada en esta sinaxis en Belén parece aludir a la Ascensión. En cambio, diez días después, quinquagesimarum autem die, id est dominica, fiesta de Pentecostés, el pueblo durante la mañana se reunía para la misa y para el oficio en la Anástasis, y después en la iglesia del Eleona y más tarde en la del Imbomon, erigida sobre el lugar donde Nuestro Señor subió al cielo. Aquí se sentaban todos, se leían lecciones intercaladas con himnos y antífonas aptae diei ipsi et loco; orationes autem quae interponuntur, semper tales pronuntiationes habent ut et diei et loco conveniunt: legitur etiam Ule locus de evangelio, ubi dicit de ascensu Domini; legitur et denuo de actibus Apostolorum, ubi dicit de ascensu Domini in caelis post resurrectionem. Se va después al Eleona, y ya de noche, con la claridad de las luces, se vuelve procesionalmente a la ciudad. No hay duda que esta narración de Eteria se refiere a la conmemoración litúrgica de la Ascensión, la cual en Jerusalén era considerada todavía en su tiempo como apéndice de la fiesta de Pentecostés.
La misa de esta solemnidad está llena de textos escriturísticos referentes al misterio; se han inserto, sin embargo, en los varios cantos, exceptuando el introito, algunos versículos de los salmos 46 y 47, que expresan el júbilo de los cielos en el triunfo de Cristo de vuelta al Padre. La frase Psallite... ad orientem en el texto de la Commumo, sacada del versículo 33 del salmo 67 según la Vulgata, no responde exactamente al original hebreo; pero quiere ser una invitación a cantar himnos al Señor, el cual cruza los cielos eternos, fúlgido como un sol, en el esplendor de su majestad. El prefacio en la forma actual es la fusión de dos prefacios del leoniano; el texto especial del Communicantes es también del leoniano, pero ligeramente corregido. La fórmula primitiva, que decía Communicantes... qua Dominus noster Unigenitus Filius tuus, unitum sibi hominem nostrae substantiae in gloriae tuae dextera colocavit, fue felizmente cambiada así: Communicantes... unitam sibi fragilitatis nostrae substantiam in gloriae tuae... Capelle ve la mano reformadora de San Gregorio.
Una antigua costumbre romana propia de la fiesta de la Ascensión era la bendición de las habas, uno de los alimentos más usados por el pueblo, y que, como observa Magani, representaba, en cierta manera, las primicias de los nuevos frutos. El sacramentarlo gelasiano contiene la fórmula que debía recitarse, como nota en una rúbrica, ante expletum canonem, es decir, aquellas palabras Per quem hace omnia... Esta bendición desaparece en el gregoriano y sólo se conservó con ligeras variaciones en algunos libros litúrgicos posteriores.
En el Medievo estaba generalmente en uso una procesión, introducida para representar no tanto la marcha de Cristo y de los discípulos al monte de los Olivos, cuanto, como observa Ruperto de Deutz, su entrada triunfal en el cielo. Se salía de la iglesia antes de la misa cantando los Versas, de Teodolfo de Orleáns, Gloria, laus, que se adaptan mejor a la Ascensión que al domingo de Ramos. Esto era ya recordado por San Gregorio de Tours, pero desconocido para los Ordines román. La rúbrica de apagar el cirio pascual en este día después del canto del evangelio fue establecida por Pío V; en un principio se quitaba éste en la dominica in albis, y a veces antes. En la catedral ambrosiana se levanta lentamente en alto para simbolizar la ascensión de Cristo. En algunos iglesias de Alemania, por el contrario, se levantaba un crucifijo.
Si bien la Iglesia latina, a diferencia de la griega, alarga hasta Pentecostés el tiempo pascual, los textos del oficio y de la misa de la Ascensión, que se repiten en los ocho días consecutivos, sólo miran a glorificar el triunfo de Cristo, el cual, colocando a la diestra del Padre su divina humanidad, ha hecho partícipe a todo el género humano de la visión beatífica y ha preparado el corazón de los fieles a la venida del Espíritu Paráclito.
La Fiesta de Pentecostés.
Para los hebreos, desde el tiempo de Moisés, la fiesta de Pentecostés o de las Semanas, como la llama el Pentateuco, porque se celebra precisamente siete semanas después de Pascua, tenía como fin el dar gracias a Dios por la cosecha de cereales, cuya recolección estaba a punto de terminarse; más tarde, la tradición rabínica añadió una conmemoración de la promulgación de la ley sobre el Sinaí, que tuvo lugar cincuenta días después de la salida de los hebreos de Egipto. Pero en la historia evangélica, los cincuenta o pascual debiese acentuarse particularmente en el último día, tanto más que esto tenía, como se dijo, especialísimas razones históricas para ser solemnemente conmemorado. Y es en verdad lo que constatamos en los escritores de los siglos IV y V. En Jerusalén, según cuenta la Peirégriniitio, las funciones se sucedían casi ininterrumpidamente desde la aurora hasta la media noche. San Juan Crisóstomo, en un sermón pronunciado en este día, exclamaba: odie ad ipsum culmen bonorum provecti sumus, ad ipsam metropolim festorum evasimus, ad fructum ipsum dominicae promissionis pervenimus; y en otro pone de relieve la participación del pueblo, que no cabía en la iglesia: Dum enim sanctam Pentecostés celebritatem agimus, tanta concurrit multitudo ut magna hic locorum angustia laboretur. No de otra manera se expresan en Occidente San Ambrosio, San León, San Máximo de Turín y, sobre todo, San Agustín: Adventum Spiritus Sancti — comienza este santo Doctor — anniversaria festivitate celebramus. Huic solemnis congregatio, solemnis lectio, solemnis sermo debetur. Illa dúo persoluta sunt, quia et frequentissími convenistis, et cum legeretur audistis. Reddamus et tertiam...
A este largo desenvolvimiento de la fiesta de Pentecostés contribuyó, en primer lugar, el uso, que al principio del siglo IV comienza a imponerse casi como ley, de reservar a la vigilia nocturna de esta solemnidad la administración del bautismo a aquellos que por algún motivo no habían podido recibirlo en la noche de Pascua. La Peregrinatio calla sobre esta función bautismal supletiva de Pentecostés, pero San Agustín y San León en sus sermones de este día se dirigen varias veces a los neófitos bautizados en la noche precedente.
El servicio litúrgico era casi el de la vigilia pascual; una serie de lecturas, solamente cuatro: Tentavit Deus Abraham...; Et scripsit Moyses canticum hoc...; Apprehendent septem mulleres...; Audi, Israel, mandato vitae, intercaladas con cánticos y oraciones; la bendición de la fuente, seguida del bautismo y de la confirmación de los catecúmenos, y, por último, la misa. La bendición del fuego y del cirio fue en todas partes, excepción hecha de alguna iglesia galicana, excluida por el ritual. Después, hacia los siglos VIII-IX, encontramos que la función nocturna se anticipaba a la tarde del sábado, en algunas partes a la hora sexta, como en Italia, en otras a la hora nona, según nos atestigua Amalario. Además, el XI OR (s.XII) prescribe no sólo cuatro, sino seis lecturas, número que ha quedado todavía en el misal.
El ayuno hoy prescrito en el sábado de Pentecostés, a pesar de la antigua disciplina, que lo excluía rigurosamente del tiempo pascual, es de origen incierto. Algunos creen que es una importación galicana. En Roma, en el siglo V, San León (+ 461) no lo conoce todavía. El más antiguo documento que alude a él es el sacramentarlo leoniano, el cual, en una serie de orationes pridie Pentecostés, habla dos veces del ayuno. También el gelasiano presenta una misa In vigilia Pentecosten, cuya segunda colecta es todavía más explícita: Da nobis, quaesumus, Domine, per gratiam S. Spiritus, novam tui Paracliti spiritalis observantiae disciplinam, ut mentes nostrae, sacro purificatae ieunio, cunctis reddantur eius numeribus aptiores. El ayuno no aparece más en los textos del gregoriano. Pero su observancia en este día fue siempre tenazmente mantenida en toda la Iglesia latina.