domingo 29 de noviembre de 2009

Homilía de las vísperas del I domingo de Adviento: SS Benedicto XVI



Queridos hermanos y hermanas
Con esta celebración vespertina entramos en el tiempo litúrgico de Adviento. En la lectura bíblica que acabamos de escuchar, tomada de la Primera Carta a los Tesalonicenses, el apóstol Pablo nos invita a preparar la «Venida de nuestro Señor Jesucristo» (5,23), conservándonos irreprochables, con la gracia de Dios. Pablo utiliza la palabra ‘venida’ - en latín ‘adventus’ – de la que proviene ‘Adviento’.
Reflexionemos brevemente sobre el significado de esta palabra que puede traducirse con ‘presencia’, ‘llegada’, ‘venida. En el lenguaje del mundo antiguo era un término técnico empleado para indicar la llegada de un funcionario, la visita del rey o del emperador a una provincia. Pero podía indicar también la venida de la divinidad, que sale de su escondimiento para manifestarse con potencia, o que se celebra presente en el culto. Los cristianos adoptaron la palabra ‘adviento’ para expresar su relación con Jesucristo: Jesús es el Rey, entrado a esta pobre ‘provincia’, denominada tierra para visitar a todos; en la fiesta de su adviento hace que participen cuantos creen en Él, cuantos creen en su presencia en la asamblea litúrgica. Con la palabra adventus se quería decir sustancialmente: Dios está aquí, no se ha retirado del mundo, no nos ha dejado solos. Aunque no lo podamos ver y tocar, como sucede con las realidades sensibles, Él está aquí y viene a visitarnos de múltiples formas.

El significado de la expresión ‘adviento’ comprende, por lo tanto, también el de ‘visitatio’, que quiere decir simple y propiamente ‘visita’. En este caso, se trata de una visita de Dios: Él entra en mi vida y quiere dirigirse a mí. Todos experimentamos, en la existencia cotidiana, tener poco tiempo para el Señor y poco tiempo también para nosotros. Se acaba siendo absorbidos por el ‘quehacer’. ¿Acaso no es verdad que, a menudo, es precisamente la actividad la que nos posee, la sociedad con sus múltiples intereses la que monopoliza nuestra atención? ¿Acaso no es verdad que se dedica mucho tiempo a la diversión y a varios tipos de distracciones? A veces las cosas nos “atropellan”. El Adviento, este tiempo litúrgico fuerte que estamos comenzando, nos invita a detenernos en silencio para percibir una presencia. Es una invitación a comprender que cada una de las vivencias del día son señales que Dios nos dirige, signos de la atención que tiene para con cada uno de nosotros ¡Cuán a menudo Dios nos hace percibir algo de su amor! Mantener, por decir así, un “diario interior” de este amor sería una tarea bella y saludable para nuestra vida! El Adviento nos invita e impulsa a contemplar al Señor presente. La certeza de su presencia ¿no debería ayudarnos a ver el mundo con ojos distintos? ¿No debería ayudarnos a considerar toda nuestra existencia como “visita”, como un modo en el que Él puede venir a nosotros y acercarse a nosotros, en toda situación?

Otro elemento fundamental del Adviento es la espera, espera que es, al mismo tiempo esperanza. El Adviento nos impulsa a comprender el sentido del tiempo y de la historia como “kairós”, como ocasión favorable para nuestra salvación. Jesús ha explicado esta realidad misteriosa en muchas parábolas: en la narración de los siervos invitados a esperar el regreso del amo; en la parábola de las vírgenes que esperan al esposo; o en las de la siembra y de la cosecha. El hombre, en su vida, está en espera constante: cuando es niño quiere crecer; siendo adulto tiende a la realización y al éxito y, avanzando en la edad, anhela el merecido descanso. Pero llega el tiempo en el que descubre que ha esperado demasiado poco si, más allá de su profesión o de su posición social, no le queda nada más por esperar. La esperanza marca el camino de la humanidad, pero para los cristianos está animada por una certeza: el Señor está presente en el transcurso de nuestra vida, nos acompaña y un día enjugará también nuestras lágrimas. Un día, no lejano, todo encontrará su cumplimiento en el Reino de Dios, Reino de justicia y de paz.

Pero hay formas muy distintas de esperar. Si el tiempo no se llena con un presente que tenga sentido, la espera corre el riesgo de volverse insoportable; si se espera algo, pero en este momento no hay nada - es decir si el presente se queda vacío – cada instante que pasa parece exageradamente largo, y la espera se transforma en un peso demasiado grave, porque el futuro queda totalmente en la incertidumbre. Sin embargo, cuando el tiempo está dotado de sentido, y en cada instante percibimos algo específico y válido, entonces la alegría de la espera hace que el presente sea más precioso. Queridos hermanos y hermanas, vivamos intensamente el presente donde ya nos llegan los dones del Señor, vivámoslo proyectados hacia el futuro, un futuro cargado de esperanza. El Adviento cristiano se vuelve, de este modo, ocasión para volver a despertar en nosotros el sentido verdadero de la espera, volviendo al corazón de nuestra fe, que es el misterio de Cristo, el Mesías esperado durante largos siglos y nacido en la pobreza de Belén. Viniendo entre nosotros, nos ha brindado y sigue ofreciéndonos el don de su amor y de su salvación. Presente entre nosotros, nos habla de múltiples modos: en la Sagrada Escritura, en el año litúrgico, en los santos, en las vivencias de la vida cotidiana, en toda la creación, que cambia aspecto, según esté Él detrás de ella, o si queda ensombrecida por la niebla de un origen incierto o de un futuro incierto futuro. Por parte nuestra, también nosotros podemos dirigirle la palabra, presentarle los sufrimientos que nos afligen, nuestra impaciencia, las preguntas que brotan de nuestro corazón ¡Estemos seguros de que nos escucha siempre! Y si Jesús está presente, ya no existe ningún tiempo sin sentido y vacío. Si Él está presente, podemos seguir esperando, aún cuando los demás ya no pueden asegurarnos ningún apoyo, aún cuando el presente se vuelve fatigoso.

Queridos amigos, el Adviento es el tiempo de la presencia y de la espera de lo eterno. Precisamente por esta razón es, en especial, el tiempo de la alegría, de una alegría interiorizada, que ningún sufrimiento puede cancelar. La alegría por el hecho de que Dios se ha hecho niño. Esta alegría, invisiblemente presente en nosotros, nos alienta a caminar confiados. Modelo y sostén de este íntimo gozo es la Virgen María, por medio de la cual nos ha sido donado el Niño Jesús. Que Ella, fiel discípula de su Hijo, nos obtenga la gracia de vivir este tiempo litúrgico vigilantes y activos en la espera ¡Amén!

Fuente: Ecclesial Digital

viernes 27 de noviembre de 2009

Nuevo báculo papal con el escudo personal del Santo Padre Benedicto

El sodalicio de San Pedro ha regalado al Santo Padre Benedicto XVI un báculo que le pertenezca exclusivamente a él, recordemos que hasta ahora los dos que usó fueron, el primero de Pablo VI, y el actual del Papa Pío IX.


Se renueva así la tradición propia de fidelidad al Papa, testimoniada desde su fundación que se remonta al año 1869.
En la parte delantera del nuevo báculo de Benedicto XVI están representados, al centro, el cordero pascual, y a los costados, los símbolos de los cuatro evangelistas Mateo, Marcos, Lucas y Juan. El motivo de la red reproducido en los brazos de la cruz recuerda la de Pedro, el pescador de Galilea. En el reverso, están grabados: al centro, el monograma de Cristo – formado por las primeras dos letras de la palabra Christòs en griego, la X y la P entrelazadas juntas –, y en las cuatro extremidades, los rostros de los padres de la Iglesia de Occidente y de Oriente: Agustín y Ambrosio, Atanasio y Juan Crisóstomo.


“El cordero y el monograma de Cristo puestos al centro – comenta monseñor Marini – reflejan la unidad del misterio pascual: cruz y resurrección”.
Deteniedo la mirada en el anillo de debajo de la cruz, se notan: en la parte superior, el nombre de Benedicto XVI “que lo personaliza y lo hace suyo”, explica el Maestro; en la inferior, el de los donantes, es decir, el Círculo de San Pedro. Un último elemento significativo, finalmente, se encuentra en la parte alta del báculo, donde está impreso el escudo del Papa Ratzinger.
Otra novedad predispuesta por la Oficina para las celebraciones litúrgicas del Sumo Pontífice para las Vísperas del sábado concierne a la imagen de la Virgen que será colocada bajo el altar de la confesión: se trata de la escultura de madera policromada, que representa a la Virgen en el trono con el Niño bendiciendo, que en los años anteriores era expuesta sólo en la solemnidad de la Santísima Madre de Dios y que el año pasado se introdujo desde la Noche de Navidad hasta la Epifanía. El tiempo de Adviento es, de hecho, un tiempo mariano en el que la espera del Señor que viene está acompañada por el ejemplo de la espera de María, como se subraya por el canto de la antífona mariana Alma Redemptoris Mater en la conclusión del rito.







miércoles 25 de noviembre de 2009

Algunas imágenes del velatorio, Misa exequial, y sepultura de Mons. Ángel Olivo Tossolini Olivier (14.XI.09)

Familiares directos de Mons. Tossolini

Misa concelebrada por parte del presbiterio

Colocación del féretro en la fosa frente al altar del Santísimo






Misa exequial "praesente cadavere" presidida por el Obispo


Misa exequial presidida por el Sr. Obispo Mons. Dr. Ángel Rovai
Imágenes del primer responso a cargo del Cura Párroco P. José María Delfino


Féretro expuesto de los restos mortales de Mons. Tossolini



Mesa con el libro de condolencias









martes 24 de noviembre de 2009

Falta al deber de gobernante...





Buenos Aires, 24 Nov. 09 (AICA):


A pedido del Jefe de Gobierno porteño, ingeniero Mauricio Macri, el arzobispo de Buenos Aires, cardenal Jorge Mario Bergoglio, lo recibió hoy a las 14 en audiencia privada en la sede de la curia metropolitana. Durante la reunión, el cardenal Bergoglio le reiteró a Macri que, al no apelar el fallo de la jueza en lo contencioso administrativo sobre el matrimonio de personas del mismo sexo, había faltado gravemente a su deber de gobernante y custodio de la ley. La Oficina de Prensa del arzobispado difundió un comunicado cuyo texto completo es el siguiente:

A pedido del Sr. Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Ing. Mauricio Macri, el Sr. Arzobispo de Buenos Cardenal Jorge Mario Bergoglio lo recibió hoy a las 14 en audiencia privada. Durante la reunión, el Cardenal Bergoglio le reiteró que, al no apelar el fallo de la jueza en lo contencioso administrativo sobre el matrimonio de personas del mismo sexo, había faltado gravemente a su deber de gobernante y custodio de la ley. La Constitución y los Códigos nacionales no pueden ser modificados por un juez de primera instancia. En tal caso corresponde al mandatario del Ejecutivo tomar todas las medidas para que haya certeza de la legalidad del acto, que en este caso no la hay, y de allí surge la obligación de apelar.

lunes 23 de noviembre de 2009

Nuevo Obispo para San Sebastián: Mons. José Ignacio Munilla

SER Mons. Dr. José I. Munilla


SER Mons. Dr. José M. Uriarte
El papa Benedicto XVI ha nombrado a los prelados españoles José Ignacio Munilla Aguirre, de 48 años, nuevo obispo de San Sebastián y a Jesús Sanz Montes, de 54, arzobispo de Oviedo, informó hoy el Vaticano.
El papa Benedicto XVI ha nombrado a los prelados españoles José Ignacio Munilla Aguirre, de 48 años, nuevo obispo de San Sebastián y a Jesús Sanz Montes, de 54, arzobispo de Oviedo, informó hoy el Vaticano.
Munilla Aguirre, actual obispo de Palencia y nacido en San Sebastián, sustituye en el cargo a Juan María Uriarte, de 76 años, que presentó su renuncia al gobierno pastoral de la diócesis vasca por motivos de edad y fue aceptada por el Pontífice, informó también hoy la Santa Sede.
Sanz Montes, franciscano, era hasta ahora obispo de Huesca y sustituye en el puesto a Carlos Osoro Sierra, que el pasado mes de enero fue nombrado por Benedicto XVI arzobispo de Valencia.
El acto de toma de posesión episcopal del nuevo obispo no se producirá hasta dentro de un mes y medio, posiblemente a principios de 2010, con una eucaristía concelebrada en la catedral del Buen Pastor. Hasta entonces, monseñor Uriarte ejercerá como administrador apostólico de la diócesis.
El nombramiento de Munilla supone un giro en la línea seguida hasta ahora por la Diócesis de San Sebastián, caracterizada y diferenciada por su doctrina eclesial y su discurso político. La designación de un prelado cercano al ala más conservadora de la Iglesia española, próximo a la estrategia del presidente de la Conferencia Episcopal, el cardenal Rouco Varela, hace prever un cambio sustancial en la Iglesia guipuzcoana, que se ha mantenido fiel en las últimas décadas a la senda que abrió el obispo Setien y que ha continuado en los últimos años, desde principios del año 2000, monseñor Uriarte.
Los dos prelados fueron obispos de Munilla cuando éste ejercía su ministerio sacerdotal en la parroquia de El Salvador de Zumarraga, desde donde ascendió a obispo de Palencia en junio de 2006. Aquella decisión del Vaticano ya causó recelos en la diócesis guipuzcoana, en la que algunos advirtieron ya una antesala a una elección como la que se ha producido ahora.
Y la confirmación de aquella sospecha removerá seguro una diócesis que ha estado marcada por un perfil progresista en cuanto a la doctrina social, y próxima al nacionalismo en cuanto a su posición política. No se cumplen, por tanto, los deseos de monseñor Uriarte que confiaba en que Roma optara por un sucesor menos traumático para la sociedad guipuzcoana, un prelado «que favorezca la cohesión diocesana, facilite nuestra comunión con otras iglesias locales y, con el Papa, trabaje por la paz», según sus palabras en el documento que presentó en octubre en su último curso pastoral.unilla Aguirre, actual obispo de Palencia y nacido en San Sebastián, sustituye en el cargo a Juan María Uriarte, de 76 años, que presentó su renuncia al gobierno pastoral de la diócesis vasca por motivos de edad y fue aceptada por el Pontífice, informó también hoy la Santa Sede.
Sanz Montes, franciscano, era hasta ahora obispo de Huesca y sustituye en el puesto a Carlos Osoro Sierra, que el pasado mes de enero fue nombrado por Benedicto XVI arzobispo de Valencia.
El acto de consagración episcopal del nuevo obispo no se producirá hasta dentro de un mes y medio, posiblemente a principios de 2010, con una eucaristía concelebrada en la catedral del Buen Pastor. Hasta entonces, monseñor Uriarte ejercerá como administrador apostólico de la diócesis.
El nombramiento de Munilla supone un giro en la línea seguida hasta ahora por la Diócesis de San Sebastián, caracterizada y diferenciada por su doctrina eclesial y su discurso político. La designación de un prelado cercano al ala más conservadora de la Iglesia española, próximo a la estrategia del presidente de la Conferencia Episcopal, el cardenal Rouco Varela, hace prever un cambio sustancial en la Iglesia guipuzcoana, que se ha mantenido fiel en las últimas décadas a la senda que abrió el obispo Setien y que ha continuado en los últimos años, desde principios del año 2000, monseñor Uriarte.
Los dos prelados fueron obispos de Munilla cuando éste ejercía su ministerio sacerdotal en la parroquia de El Salvador de Zumarraga, desde donde ascendió a obispo de Palencia en junio de 2006. Aquella decisión del Vaticano ya causó recelos en la diócesis guipuzcoana, en la que algunos advirtieron ya una antesala a una elección como la que se ha producido ahora.
Y la confirmación de aquella sospecha removerá seguro una diócesis que ha estado marcada por un perfil progresista en cuanto a la doctrina social, y próxima al nacionalismo en cuanto a su posición política. No se cumplen, por tanto, los deseos de monseñor Uriarte que confiaba en que Roma optara por un sucesor menos traumático para la sociedad guipuzcoana, un prelado «que favorezca la cohesión diocesana, facilite nuestra comunión con otras iglesias locales y, con el Papa, trabaje por la paz», según sus palabras en el documento que presentó en octubre en su último curso pastoral.

sábado 21 de noviembre de 2009

Para renovar el sentido de obediencia de los consagrados



¿Prometes a mi y a mis Sucesores filial respeto y obediencia?

(Pontificale Romanum. De Ordinatione Episcopi, presbyterorum et diaconorum,
editio typica altera , Typis Polyglottis Vaticanis 1990)


Queridos hermanos en el Sacerdocio:

Sin la fuerza del vínculo del Solemne Voto de obediencia, quienes van a recibir el Sacramento del Orden pronuncian la “promesa” de “filial respeto y obediencia” hacia el propio Ordinario y sus Sucesores. Aunque sea diferente el estatuto teológico entre un Voto y una promesa, es idéntico el compromiso moral totalizador y definitivo, e idéntico el ofrecimiento de la propia voluntad a la voluntad de Otro, a la voluntad Divina, eclesialmente mediata.

En nuestro tiempo, entretejido de relativismo y de modelos democráticos, de autonomismos y liberalismos, parece que sea siempre más incomprensible – cada vez más – una tal promesa de obediencia. Tantas veces se la concibe como una diminutio de la dignidad y de la libertad humana, o como una perseverancia arcaica de formas obsoletas, típicas de una sociedad incapaz de una auténtica emancipación.

Nosotros, que vivimos la obediencia auténtica, sabemos muy bien que no es así. Nunca la obediencia en la Iglesia ha sido contraria a la dignidad y al respeto de la persona y nunca debe concebirse como una substracción de la responsabilidad o como fruto de una alienación.

El Rito utiliza un adjetivo fundamental para la justa comprensión de tal promesa; define la obediencia sólo después de haber añadido el “respeto” y ese adjetivado como “filial”. He aquí la nomenclatura: “Hijo” es un nombre relativo en cualquier expresión idiomática, que implica la relación entre padre y el mismo hijo. Propiamente en este contexto relacional debe entenderse la obediencia, que hemos prometido. Un contexto en el que el padre ha sido llamado a ser verdaderamente padre, y el hijo a reconocer la propia filiación y la belleza de la paternidad, que le ha sido dada. Como ocurre en la misma ley de la naturaleza, nadie elige su propio padre y, por ende, nadie elige sus propios hijos. Así pues, todos hemos sido llamados, padres e hijos, a tener una mirada sobrenatural los unos por los otros, de gran misericordia recíproca y de gran respeto, esto es, capacidad de mirar al otro, teniendo siempre presente el Misterio bueno, que lo ha generado y que siempre últimamente lo constituye. En definitiva, el respeto es simplemente esto: Mirar a alguien teniendo presente a Otro.

Sólo en un concepto de “filial respeto” es posible una auténtica obediencia, que no sea apenas formal o una mera ejecución de las órdenes, sino que sea apasionada, entera, atenta y que pueda producir en sí frutos de conversión e de “vida nueva” en quien la vive.

La promesa es en favor del Ordinario en el momento de la Ordenación y de sus “Sucesores”, porque la Iglesia huye siempre de excesivos personalismos. Tiene como centro la persona, pero no los subjetivismos, que la desatan de la fuerza y de la belleza histórica y teológica de la Institución. También en la Institución, que es de origen divina, permanece el Espíritu. Por su propia naturaleza, la Institución es carismática y lógicamente debe unirnos libremente a ella; en el tiempo (Sucesores) significa poder “permanecer en la verdad”, permanecer en El, presente y operante en su cuerpo vivo que es la Iglesia, en la belleza de la continuidad del tiempo y de los siglos, que nos une sin rupturas a Cristo e a los Apóstoles.

Pidamos a la Esclava del Señor –obediente por excelencia, a Ella que en el cansancio ha cantado su “heme aquí, se cumpla según tu palabra”– la gracia de una obediencia filial, llena, alegre y pronta; una obediencia que nos libre de todo protagonismo y pueda mostrar al mundo que es verdaderamente posible darse totalmente a Cristo y realizarse plenamente como auténticos hombres.



Mons. Mauro Piacenza
Arz. Titular de Vittoriana
Secretario

viernes 20 de noviembre de 2009

Irresponsabilidad institucional (SADEC)


La pretensión de otorgar tutela legal de las uniones homosexuales mediante su equiparación legal al matrimonio, con acceso a sus derechos propios, implica introducir en el núcleo mismo del ordenamiento jurídico un factor de confusión conceptual severamente desestabilizante y, por tanto, contrario a las exigencias de la justicia y al bien común.

Todo tipo de cooperación formal a la promulgación o aplicación de medidas tan gravemente lesivas merece el rechazo más terminante e incisivo”, advirtió la Junta Directiva de la Sociedad Argentina de Derecho Canónico, ante el reciente fallo de primera instancia que, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, declaró inconstitucional los artículos 172 y 188 del Código Civil Argentino, para permitir el “matrimonio” entre personas del mismo sexo.

En un comunicado con la firma de los doctores Nelson Dellaferrera y Hugo Adrián von Ustinov, la Junta Directiva de la entidad aseguró que el fallo de la jueza del fuero contencioso-administrativo de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, “cuya legitimidad jurídica es más que cuestionable”, dio lugar además a “un asombroso acto de irresponsabilidad institucional consistente en la negativa a impugnarlo por parte de las autoridades públicas competentes”.

Texto del comunicado

La Junta Directiva de la Sociedad Argentina de Derecho Canónico estima que la declaración de inconstitucionalidad de dos artículos del Código civil argentino por parte de una jueza del fuero contencioso-administrativo de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, cuya legitimidad jurídica es más que cuestionable, ha dado lugar además a un asombroso acto de irresponsabilidad institucional consistente en la negativa a impugnarlo por parte de las autoridades públicas competentes. La Sociedad Argentina de Derecho Canónico recuerda que el matrimonio no es una unión cualquiera entre personas humanas. Ninguna ideología, disposición legal, decisión judicial o resolución administrativa puede cancelar del espíritu humano la certeza de que el matrimonio existe únicamente entre dos seres humanos naturalmente diversos y complementarios, que por medio de su recíproca y soberana donación, tienden a la más íntima unión amorosa y vital. Se trata de una verdad evidenciada por la razón y reconocida en los hechos por todas las grandes culturas del mundo, desde los tiempos más remotos hasta el presente. La pretensión de otorgar tutela legal de las uniones homosexuales mediante su equiparación legal al matrimonio, con acceso a sus derechos propios, implica introducir en el núcleo mismo del ordenamiento jurídico un factor de confusión conceptual severamente desestabilizante y, por tanto, contrario a las exigencias de la justicia y al bien común. Todo tipo de cooperación formal a la promulgación o aplicación de medidas tan gravemente lesivas merece el rechazo más terminante e incisivo. Constituye una falacia esgrimir el principio del respeto y la no discriminación de las personas. Distinguir entre personas o negarle a alguien un reconocimiento legal o un servicio social es efectivamente inaceptable sólo si se opone a la justicia. No atribuir el estatuto social y jurídico de matrimonio a formas de vida que no son ni pueden ser matrimoniales no solo no se opone a la justicia, sino que, por el contrario, es requerido por ésta. Por otra parte, sostener que el ordenamiento jurídico debe necesariamente tutelar el derecho de cada persona a elegir libremente con quien formar pareja y ser feliz manifiesta el desconocimiento más absoluto de la naturaleza y del cometido del Derecho. Insistir en dicha tesis constituye un auténtico desatino. El Derecho, en efecto, tiene por objeto la justicia de las relaciones humanas, no el sentimiento de felicidad. En la exacta medida en que impera la justicia se garantiza el bien común. Un error conceptual en esta materia tiene inevitables y gravísimas consecuencias sociales. En efecto, una cosa es que cada ciudadano pueda desarrollar libremente actividades de su interés y preferencias y que tales actividades puedan enmarcarse en los derechos civiles comunes de libertad; otra cosa muy diferente es que actividades que no representan una contribución significativa o positiva para el desarrollo de la persona y de la sociedad deban recibir un reconocimiento legal específico y cualificado. Las uniones matrimoniales revisten interés público originario por estar en la raíz del parentesco y de todas las facultades, incompatibilidades y relaciones jurídicas que nacen de él. Por eso el ordenamiento les confiere un reconocimiento institucional. Las uniones homosexuales, por el contrario, no exigen una específica atención por parte del ordenamiento jurídico, porque no son portadoras de específica trascendencia social. Dichas uniones, desde el punto de vista público, son insignificantes y, por consiguiente, resultan en su especificidad irrelevantes para el ordenamiento jurídico. Los convivientes homosexuales, por el simple hecho de su convivencia, no pierden el efectivo reconocimiento de los derechos comunes que tienen como personas y ciudadanos. Como todos los ciudadanos, también ellos, gracias a su autonomía privada, pueden siempre recurrir al derecho común para obtener la tutela de situaciones jurídicas de interés recíproco. Por el contrario, constituye una grave injusticia sacrificar el bien común e introducir la confusión en el derecho de familia, con el fin de obtener bienes que pueden y deben ser garantizados por vías que no dañen a la generalidad del cuerpo social.
Fuente: AICA